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16 de mayo de 2011

Oportuno

Ya me cansé de pensar en eso de que los orientales tienen el mismo anagrama para la palabra crisis que para la palabra oportunidad (creo que era algo así). Mi crisis es constante, sonante y tangible.

Sin embargo, ocurre de vez en cuando que en ese momento en que todosevacayendodeapoquitohastademodoimperceptible, aparece una lucecita como de esas que se ponen en la parte de atrás de la bici, tímida pero presente.

La lucecita la prendió mi amigo de los sueños intranquilos, que me mostró el texto que sigue a continuación, de la periodista Leila Guerriero:



Arbitraria

No tienen por qué saberlo: soy periodista y, a veces, otros periodistas me llaman para conversar. Y, a veces, me preguntan si podría dar algún consejo para colegas que recién empiezan. Y yo, cada vez, me siento tentada de citar la primera frase de un relato de la escritora estadounidense Lorrie Moore, llamado Cómo convertirse en escritora, incluido en su libro Autoayuda: “Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven -digamos, a los catorce“. Pero no lo hago porque no es eso lo que verdaderamente pienso y porque, en el fondo, dar consejos es oficio de soberbios.

Entonces, cuando me preguntan, digo no, ninguno, nada.

Pero hoy es abril y ha sido un buen día. Hice una entrevista con una mujer a quien voy a volver a ver en dos semanas y varios llamados telefónicos que dieron buenos resultados. Compré frutas, conseguí un estupendo curry en polvo. Hay nardos en los floreros de la cocina. Corrí al atardecer. Me siento leve, un poco feroz, arbitraria. De modo que si hoy me preguntaran, les diría: corran.

Les diría: sientan los huesos mientras corren como sentirán después las catástrofes ajenas: sin acusar el golpe.

Aguanten, les diría. Pasen por las historias sin hacerles daño (sin hacerse daño).

Sean suaves como un ala, igual de peligrosos. Y respeten: recuerden que trabajan con vidas humanas. Respeten.

Escuchen a Pearl Jam, a Bach, a Calexico. Canten a gritos canciones que no cantarían en público: Shakira, Julieta Venegas, Raphael.

Vayan a las iglesias en las que se casan otros, sumérjanse en avemarías que no les interesan: expóngase a chorros de emoción ajena.

Sean invisibles: escuchen lo que la gente tiene para decir. Y no interrumpan.

Frente a una taza de té o un vaso de agua, sientan la incomodidad atragantada del silencio. Y respeten.

Sean curiosos: miren donde nadie mira, hurguen donde nadie ve. No permitan que la miseria del mundo les llene el corazón de ñoñería y de piedad.

Sepan cómo limpiar su propia mugre, hacer un hoyo en la tierra, trabajar con las manos, construir alguna cosa. Sean simples pero no se pretendan inocentes. Conserven un lugar al que puedan llamar “casa”.

Tengan paciencia porque todo está ahí: sólo necesitan la complicidad del tiempo.

Aprendan a no estar cansados, a no perder la fe, a soportar el agobio de los largos días en los que no sucede nada.

Maten alguna cosa viva: sean responsables de la muerte.

Viajen.

Vean películas de Werner Herzog. Quieran ser Werner Herzog. Sepan que no lo serán nunca.

Pierdan algo que les importe. Ejercítense en el arte de perder. Sepan quién es Elizabeth Bishop.

Equivóquense. Sean tozudos. Créanse geniales. Después aprendan.

Tengan una enfermedad. Repónganse. Sobrevivan.

Quédense hasta el final en los velorios. Tomen una foto del muerto. Tengan memoria, conserven los objetos.

Resístanse al deseo de olvidar.

Cuando pregunten, cuando entrevisten, cuando escriban: prodíguense. Después, desaparezcan.

Acepten trabajos que estén seguros de no poder hacer, y háganlos bien. Escriban sobre lo que les interesa, escriban sobre lo que ignoran, escriban sobre lo que jamás escribirían.

No se quejen.

Contemplen la música de las estrellas y de los carteles de neón.

Conozcan esta línea de Marosa di Giorgio, uruguaya: “Los jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas”.

Vivan en una ciudad enorme.

No se lastimen.

Tengan algo para decir.
Tengan algo para decir.
Tengan algo para decir.

18 de junio de 2009

Ejercicio

Entre estas palabras hay palabras de otros:
Cheever, Pessoa, Yoshimoto.


Estoy incontrolablemente agitado. Voy a la ciudad y compro una botella de ginebra. Pienso que no vendrá mal un poco de alcohol para aflojarme. He tenido una mala noche. Susan se fue para siempre ayer por la tarde. Me gritó "cretino", y se alejó tras un portazo. No la entiendo, creo que exagera, pero la amo y no puedo vivir sin ella. Lo he ido descubriendo en los últimos tiempos, desde que he empezado a beber más.
Siempre fue ella, desde aquel baile en 1995 en el que la invité a bailar delante de todos, inclusive de su esposo, para luego besarla y llevarla a mi casa.
Ahora ella no está. Ahora tenemos otra eternidad y siempre era mejor lo que pasó. Bebo un trago en el auto aun sin arrancar. Me he quedado recordando los viejos tiempos con la mirada fija en la prooveduría. Me largo a llorar, no puedo evitarlo. La extraño, pero yo no quiero el presente, quiero la realidad. El presente es una mierda, ella debería saber cuanto me importa, debería volver y aceptarme como soy. Loca, después de todo, ahora que lo pienso, no es más que una loca exigente y pedante que no sabe lo que quiere. Me ha arruinado la vida, sin embaargo sé que la seguiré buscando sobre la colina, sobre el llano, entre la maleza, entre los matorrales, sobre el parque, sobre el cercado, a través del agua, a través del fuego.

6 de junio de 2009

Refugio

"Este texto nació de un ejercicio a
partir de un texto de
Clarice Lispector
titulado 'Es allí donde voy'"


Al lado del refugio está esa niña con cara de enojada que fui alguna vez. Está apoyada contra una pared, en un rincón, y me mira fijo. Me echa en cara que haya crecido, que la haya dejado sola. Trato de reconocerme en ella, pero ya ni recuerdo porque estaba enojada. Visto la misma pollera que ella, azul con tablitas. Intento explicarle que me perdí en la vida adulta, que me llené de responsabilidades, que me empecé a preocupar por todas esas cosas que ella no entendería. Perdí el sentido lúdico de la vida.
Entonces le propongo que hagamos algo, que juguemos al elástico o a las escondidas. Elegimos las escondidas, y mientras ella cuenta con los ojos cerrados, contra la pared, yo busco donde esconderme. Me doy cuenta de que no hace falta, ya me escondí. Cuando ella se de vuelta ya no me encontrará. Volví a mi lugar de siempre, a la vida real, y ella nunca podrá venir a buscarme.

16 de mayo de 2009

La Mujer Con Cabeza va a clase

Desde que era chiquita que escribo por instinto. Es usual que mi mamá cuente orgullosa que aprendí a leer y escribir perfectamente a los cinco años. No tengo idea de si ese es un valor agregado para mi persona. Yo nunca le di una importancia mayor.

Seguí escribiendo a lo largo de los años. Como dato de color, puedo aportar que a los quince años gané un concurso literario en el que competían cuatro colegios de la ciudad, con un poema que a esta altura me parece bastante horrendo (pero que si insisten, es seguro que lo postee), que estaba dirigido a ese chico con boina que nunca me quiso, ya antes citado en este blog. ¡Y aún no puedo creer que se lo dediqué a pesar de que nunca me besó!

Pienso que el hecho de que hoy sea actriz, y además, estudie para ser reportera , tiene que ver con las sendas que van de la mano de las letras.

Este año decidí enmarcar todo ese caudal de compulsión por poner en palabras la existencia misma. Y tengo una profe, claro está.

Ella es la que tiene las claves, todas las claves. Su mirada es atenta, su sonrisa es contagiosa, su saber es infinito, y, lejos de mezquinarlo, lo comparte, lo transmite, lo encauza. Es clara, aguda, y meticulosa para hallar el camino indicado para que yo encuentre lo que quiero expresar.

Y, lo mejor de todo, es una gran amiga...


Los textos que están a continuación, "Las palabras intrusas" y "La amiga de la moda", son fruto de experiencias de clase, y, espero, germen de futuras historias. No he cambiado ni un solo punto. Están tal cual nacieron en el taller. Pueden visitar los sitios de mi grandiosa seño (¡que además dibuja!):
(dedicado a Lú, a quien le estoy profundamente agradecida)

La amiga de la moda

Lana Lobell pensó en ella. "En mí", dijo, y le sonó a una nota musical. ¿Y si ella era como una nota musical? La nota dura un instante, pero luego puede repetirse y repetirse en una melodía.

A Lana la llaman "la amiga de la moda". Comenzó de joven, vendiendo unos vestidos coreanos. En realidad no eran coreanos, los fabricaba en su casa pequeña de modesta costurera, en las afueras de La Plata. Aún así, le fue muy bien. Con unos ahorros pudo abrir su empresa, chiquita al principio.

Pero el tiempo voló para Lana, y fue su mejor aliado. Ella fue la que impuso la frase: "Se puede tener una gran historia de amor con una chaqueta", y de ahí en más, todos fueron éxitos. Todos, menos uno, que al día de hoy la persigue. Aunque parezca una tontería.

Al inaugurar su gran compañía "Lana Lobell Inc.", tal como hoy se conoce, la mujer descubrió el error: el cartel de la fachada de la empresa rezaba"Lana Lobbel Inc.". Un desacierto que hasta hoy la acompaña. Al ser supersticiosa, nunca quiso cambiarlo. De modo que mandó a cambiar todas las etiquetas de las prendas por ella fabricadas para nombrarlas con la nueva denominación.

"Todo se puede tapar con una etiqueta", reflexiona hoy, veinte años después, sentada en la gran alfombra que decora su oficina. En lo que no quiere pensar es en aquellas cosas que no puede tapar con una etiqueta.

Como el amor. Ella pensaba que eso iba a llegar, así como llegaron los éxitos, los logros que tanto había soñado.

Lo había pensado como una operación matemática. Porque uno piensa que después del nueve viene el diez, pero a veces no es así, a veces después del tres, no viene el cuatro tampoco.

Lana se consuela, como tapando con una etiqueta: "No quiero el orden pre establecido de las cosas", se miente. Y suspira.

Las palabras intrusas

Todos los días voy a trabajar. Siempre entro a las doce del mediodía, pero no siempre me tomo el subte a la misma hora. Eso sí, la prenda íntima nunca olvido de ponérmela. Sería un horror salir sin corpiño. Un mediodía, cual cazador oculto, me mezclé entre la gente que iba abarrotada contra las puertas, buscando el cartel del vagón que dice "No incinerar". No lo hallé, sin embargo. Me habré confundido con el cartel de los colectivos. ¿O ése es "No salivar"? Dios nos guarde de perder la memoria de esta manera. Decía que me mezclé entre la gente. Luego de no haber hallado el cartel que buscaba, me quedé parada en esa especie de anestesia que es viajar en subte en hora pico. Viajar en hora pico es como un grandes éxitos, como ese hit que siempre escuchás.